Tras la extrema experiencia de la pandemia, las autoridades sanitarias han avanzado en la difusión de las mascarillas dentro de las medidas para el combate de las infecciones respiratorias agudas (IRA).
Ya se trate de las quirúrgicas o las filtrantes, su utilización es más que recomendable, y obligatoria en determinados supuestos, pues suponen un elemento fundamental para evitar contagios y expansión de enfermedades infecciosas.
Las mascarillas como método de protección se popularizaron tras la pandemia.
Aunque en culturas como la asiática el uso de la mascarilla estaba muy extendido desde hace tiempo, no ha sido hasta la pandemia cuando hemos conocido en Occidente la verdadera utilidad de las mascarillas como método de protección.
Son una herramienta protectora tanto para el usuario como para su entorno, perfecta para aquellas situaciones en las que no se puede mantener una distancia de cerca de un par de metros. Por supuesto, estas deben formar parte de un conjunto de medidas, por sí solas no garantizan la asepsia. Además, se deben cambiar con asiduidad.
Su uso está destinado a aquellas personas que trabajan en el sector sanitario, en centros sociosanitarios, a las que deben estar en cuarentena domiciliaria y tengan contacto con otras personas, además de los grupos de riesgo, como personas mayores, en riesgo, embarazadas, etc.
Las autoridades sanitarias revisan periódicamente los protocolos de uso de las mascarillas.
Las autoridades sanitarias, tanto el Ministerio de Sanidad como las consejerías autonómicas del ramo, determinan las medidas que hay que seguir para luchar contra las infecciones contagiosas. Por ejemplo, para cubrir toda la campaña de 2025-2026 para afecciones como la gripe, se firmó un Documento Marco de Recomendaciones para el control de infecciones respiratorias agudas. En este documento, como no, se abordaba el uso de las mascarillas. Por ejemplo, durante las epidemias de gripe su uso es obligatorio en los centros sanitarios.
Las Piezas Faciales Filtrantes (FFP), algunas de las más utilizadas
Existen varios tipos de mascarillas, pero se pueden dividir en dos grandes bloques:
Mascarillas médicas o quirúrgicas
Son las más sencillas. Su principal función es proporcionar una barrera para evitar la transmisión de agentes infecciosos entre el personal sanitario y los pacientes. Son una barrera fundamental para parar las denominadas gotas respiratorias, responsables de los contagios.
Mascarillas filtrantes
Las mascarillas filtrantes, denominadas Piezas Faciales Filtrantes o FFP (también con niveles 2 y 3 según su complejidad), evitan el contario de virus y bacterias de enfermedades que se transmiten normalmente por el aire. Son especiales para el ámbito sanitario. Además, están incluidas dentro del catálogo de Equipos de Protección Individual (EPI).
La clave de estas mascarillas es si protegen a la persona que la lleva o evita que esta, en caso de padecer una enfermedad, la transmita al resto de personas con las que entra en contacto.
El caso de la FFP1, por ejemplo, la persona que la lleva no queda protegida, pero sí se evita el contagio en su entorno. Las de tipo 2 y 3, a diferencia de la anterior, el tipo de protección depende de si tiene válvula de exhalación o no, es decir, hay diversos tipos y de ello depende la protección interna y externa.
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